De que hablamos...
En un momento clave para la acción climática y la transformación social, las voces que conectan la justicia ambiental con la justicia social resultan imprescindibles. En esta entrevista hablamos con Laura Reboul Rodríguez, activista climática ecofeminista y Técnica de Acción Climática y Transición Ecológica Justa en UGT. Su trayectoria combina el compromiso militante con el trabajo institucional, aportando una mirada que integra sostenibilidad, derechos laborales y equidad de género.
A lo largo de esta conversación, Laura dibuja un mapa honesto y cercano de lo que significa hoy hacer activismo climático desde lo cotidiano, las redes y las estructuras colectivas. Lejos de discursos simplistas, su mirada insiste en algo esencial: la transición ecológica no puede entenderse sin justicia social, ni sin comunidad. Entre la urgencia y la esperanza, sus palabras invitan a pasar de la parálisis a la acción, recordándonos que el cambio no es solo necesario, sino también posible cuando se construye en común.
Para quien aún no te conozca, ¿quién es Laura Reboul y cómo llegaste a implicarte en la comunicación y el activismo ambiental?
Me gusta decir que Laura Reboul es una persona con un sentimiento de justicia muy alto, que vive la vida con mucha intensidad y que siente una necesidad profunda de actuar en temas ecosociales. Me defino como activista climática ecofeminista porque para mí lo más importante es poner la vida, humana y no humana, en el centro de las decisiones, y que se tengan en cuenta más cosas que el beneficio económico de unas pocas personas.
A los 18 años empecé a estudiar Ciencias Ambientales y también mi voluntariado en Greenpeace España. Quería tener formación académica, pero también poder involucrarme en proyectos reales. Desde el primer momento mi principal dedicación fue la educación ambiental. Estuve siete años coordinando el área de educación, primero en Madrid y luego a nivel nacional. Conocí la labor de Greenpeace gracias a un profesor que tuve en el instituto, que me enseñó que se podía actuar para defender lo que se considera justo. En mi caso transformó completamente mi camino de vida, y supongo que por eso creo que la labor de la educación es tan importante.
Siempre he tenido claro que quería dedicar mi tiempo, en todas sus formas, a generar impactos positivos en el mundo. Cuando empecé a trabajar no podía ser de otra forma: actualmente trabajo en el área de acción climática y transición ecológica justa en formación, incidencia política y comunicación ambiental. Y además sigo involucrada en Greenpeace, que siempre será mi casa, sobre todo en temas de formación de activismo.
En tus contenidos hablas mucho de sostenibilidad desde una perspectiva cotidiana. ¿En qué momento decidiste que las redes podían ser una herramienta para impulsar la conciencia ecológica?
Fue durante la pandemia, en 2020. En ese momento el activismo dejó de ser presencial y el mundo se vio obligado a trasladarse a las redes. Ahí pensé que quizás podía ser interesante utilizar ese espacio para divulgar.
Mi idea era intentar traducir temas complejos que, por mi formación y mi activismo, manejo con más facilidad, en cuestiones accesibles para todo el mundo. Para mí lo más importante es trasladar la idea de que todas las personas tenemos la capacidad de actuar y de generar impacto si sabemos cómo hacerlo y, sobre todo, si nos creemos capaces de ello.
Mirando hacia atrás, ¿qué momento o experiencia personal dirías que marcó tu compromiso con el medioambiente?
Tengo dos momentos muy claros.
El primero fue en 1º de bachillerato, cuando conocí a un profesor de prácticas que era activista de Greenpeace y nos daba clase de Ciencias del Mundo Contemporáneo. Hablaba de la importancia de defender y cuidar el medio ambiente y también de la desobediencia civil como herramienta para poner el foco mediático en temas importantes. Él había estudiado Ciencias Ambientales y participaba en Greenpeace, y para mí fue un momento clave. Fue cuando decidí que yo quería hacer lo mismo. Dos años más tarde empecé el grado en Ciencias Ambientales y también mi activismo dentro de Greenpeace España.
El segundo momento llegó en 2018, cuando tuve que realizar las prácticas del grado. Las hice en la oficina de Greenpeace España, donde desarrollé un proyecto de educación ambiental sobre la sobreexplotación de las costas. Durante ese tiempo pude embarcarme en uno de los barcos de la organización durante casi un mes, visitando varios puertos y participando en jornadas de puertas abiertas. Fue una experiencia transformadora conocer tan de cerca la realidad de los barcos, de las campañas y, sobre todo, a otras activistas. Si aún me quedaban dudas sobre a qué quería dedicarme, en ese momento lo tuve claro: quería trabajar en causas ecosociales y contribuir a generar cambios para vivir en un mundo más justo.
Si tuvieras que explicar qué significa vivir de forma más sostenible en una frase que no suene a eslogan, ¿cuál sería?
Vivir de forma sostenible es entender que nuestras vidas dependen de la naturaleza y de las demás personas, y actuar cada día con esa responsabilidad.

Muchas personas quieren cambiar hábitos pero sienten que todo es demasiado complejo o que sus acciones no sirven de mucho. ¿Cómo abordas ese sentimiento cuando hablas con tu comunidad?
La clave es empezar poco a poco. Estamos sobre informadas y nos llega muchísima información contradictoria sobre miles de temas, así que es muy complicado abarcar todo al mismo tiempo.
Siempre digo que cada persona tiene ciertos temas que le llaman más la atención, y esos son los que pueden servir como punto de partida. Por ejemplo, si te interesa el tema de los tóxicos, puedes empezar sustituyendo algunos productos de limpieza por opciones caseras o ecológicas, o empezar a comprar comida ecológica.
Si te interesa la alimentación, puedes empezar reduciendo el consumo de carne, cambiando algunos hábitos o incluso plantearte hacerte vegetariana o vegana si esa forma de vida te encaja.
El problema es intentar hacerlo todo a la vez: hacerte vegana, dejar de usar el coche, comprar todo de segunda mano, a granel, de proximidad, ecológico, no volver a coger un avión… Integrar tantos cambios en una vida que ya es complicada suele acabar mal. Es mucho más sostenible escoger algo e ir incorporándolo poco a poco. Cuando ya has integrado un cambio, puedes avanzar hacia otros. Así no solo nos hacemos la vida más fácil, sino que conseguimos mantener esos hábitos en el tiempo.
¿Qué tipo de temas o mensajes notas que generan más conversación entre tus seguidores? ¿Y cuáles cuestan más que la gente escuche?
Los temas relacionados con la alimentación o con cuestiones cotidianas suelen generar más impacto y conversación.
En cambio, los mensajes que apelan a las instituciones suelen ser más difíciles, porque se perciben como algo lejano a la vida diaria de las personas y much
as veces generan desconexión.
También todo lo que habla directamente del cambio climático genera bastante odio por parte de los negacionistas. Y ocurre algo parecido con los contenidos relacionados con el feminismo, que suelen despertar reacciones muy polarizadas y discursos de odio que intentan negar que estos problemas sean reales.
Desde tu experiencia, ¿qué papel pueden jugar las redes sociales en la transformación hacia modelos más sostenibles?
Las redes sociales son clave, aunque también se han vuelto un poco en nuestra contra. Muchas veces lo que se viraliza son fake news que en un minuto difunden una idea errónea que luego cuesta muchísimo desmentir, porque las personas se quedan solo con el titular de la noticia falsa.
Aun así, creo que es imprescindible que volvamos a adueñarnos de estos espacios, porque hoy en día es ahí donde circula la información y, por tanto, donde se construye gran parte de la opinión pública. Si abandonamos esos espacios, también abandonamos la posibilidad de generar mensajes reales y de volver a situar valores como la justicia y la igualdad en el centro del debate.
A menudo el discurso climático se mueve entre el alarmismo y el optimismo ingenuo. ¿Cómo intentas encontrar un equilibrio al comunicar?
Intento utilizar el humor como una herramienta intermedia, porque permite introducir temas complejos de una forma más accesible. También creo mucho en el poder de la esperanza. No se trata de optimismo ingenuo, sino de reconocer que existen alternativas que son viables y mostrar ejemplos que lo demuestren. La comunicación basada únicamente en el catastrofismo ha generado mucha desmovilización. Necesitamos creer que hay esperanza, porque si no es muy difícil movilizar a la sociedad y cambiar nuestra realidad.
Si pudieras cambiar una sola cosa en políticas públicas o en el comportamiento
colectivo para acelerar la transición ecológica, ¿qué sería?
El individualismo. Muchas veces no somos conscientes de que nuestros actos tienen consecuencias en otras personas o en los ecosistemas.
Si pensáramos de manera más global, teniendo en cuenta a todas las comunidades y territorios, nuestra forma de diseñar y aplicar políticas sería muy diferente. En lugar de competir, colaboraríamos. La colaboración y el trabajo desde una perspectiva de comunidad global me parecen fundamentales. Entender que tus problemas también son mis problemas y que las soluciones tienen que construirse de forma colectiva.
Tu trabajo se mueve en un ecosistema digital muy rápido. ¿Qué formato o tipo de contenido te ha resultado más efectivo para explicar temas ambientales complejos?
No sé si he encontrado todavía la fórmula ideal. Muchas veces siento que los temas complejos no se pueden explicar bien en un reel de 90 segundos, pero al mismo tiempo los vídeos largos casi no se reproducen, así que el mensaje tampoco llega. Aun así, creo que lo que mejor funciona es generar contenidos cortos que despierten curiosidad. Que quien lo vea se quede con una idea en la cabeza y quizás más adelante quiera profundizar.
También es muy importante hablar de cuestiones concretas y aplicables a la vida real. Cuando hablamos de cosas tangibles que afectan al día a día de las personas es mucho más fácil que se sientan interpeladas.
Si miras tu comunidad online, y/o la de UGT Verde: ¿qué tipo de contenido genera conversación real y cuál consigue más alcance pero menos profundidad?
Los vídeos rápidos, más tipo trend, suelen tener mucho más alcance, pero en realidad solo muestran presencia en redes y no suelen transmitir un mensaje profundo. En cambio, los vídeos en los que aparece alguien hablando directamente a cámara, de forma más cercana, generan mucho más engagement. Esto pasa tanto en la cuenta de UGT como en la mía personal. Sobre todo en historias es más fácil generar interacción, preguntas y conversación con las personas que te siguen.
¿Cuál dirías que es la clave para traducir cuestiones ambientales complejas en mensajes cercanos que conecten con la gente joven?
Hablar con un lenguaje cercano y ágil, y utilizar formatos que les resulten familiares. También ayuda que las personas que aparecen en el contenido sean jóvenes y que se hablen de realidades que sienten cercanas. Cuando el formato es muy institucional, más clásico y con un lenguaje demasiado formal, cuesta mucho más conectar. Por eso el humor, los memes o las referencias propias de las redes sociales pueden ser herramientas muy útiles.
Trabajar comunicando crisis climática puede ser emocionalmente intenso. ¿Cómo gestionas el equilibrio entre activismo, información y bienestar personal?
Es complicado, porque paso muchas horas de trabajo, y también parte de mi tiempo de ocio, leyendo y hablando de los mismos temas, y a veces satura bastante. Hay un par de cosas que me han ayudado. Una de ellas es tener varias cuentas de Instagram. En una tengo un perfil público que utilizo prácticamente como una herramienta de trabajo, donde sigo contenido ambiental. Y luego tengo una cuenta personal donde solo sigo a amigas o a cuentas que me interesan por otros motivos y que no tienen nada que ver con el activismo. Así puedo descansar y evitar que el algoritmo mezcle todo.
También intento poner límites en las conversaciones con mis amigas, porque muchas de ellas también están en este mundo. A veces necesitamos acordar que vamos a hablar de otras cosas, de temas personales o cotidianos. Pero, sobre todo, intento reservar tiempo real de descanso: hacer otras actividades, cuidar los vínculos y tener espacios donde no todo gire en torno al activismo. Es importante recordar que no podemos estar todo el día produciendo. A veces lo que realmente importa es algo tan sencillo como estar con una amiga, al sol, disfrutando de un buen agua con gas.
Para alguien que quiere empezar a informarse o actuar pero no sabe por dónde empezar, ¿cuál sería el primer paso realista?
Se puede empezar informándose por cuenta propia, buscando canales de organizaciones fiables que ofrezcan información verificada. Pero para mí lo más efectivo es participar en movimientos o asociaciones del barrio o de la ciudad. Empezar en tu entorno cercano permite conocer a personas que ya están implicadas. Eso facilita mucho el aprendizaje, porque tienes referentes y un entorno que te acompaña. Además, participar en pequeñas acciones genera motivación y una sensación de compromiso mucho mayor. Intentar cambiar la sociedad puede ser agotador, pero cuando estás rodeada de personas que también creen en lo mismo aparece una resistencia colectiva que refuerza ese compromiso. De forma individual todo es mucho más difícil.
Si tuvieras que imaginar el mundo dentro de 20 años, ¿cómo te gustaría que fuese?
Veinte años es poco tiempo para conseguir todos los cambios que creo que la sociedad necesita. Aun así, confío en que seremos mucho más conscientes de que no podemos destruir los ecosistemas como si no tuviera ningún impacto. También espero que hayamos entendido que la vida de las personas tiene el mismo valor independientemente del territorio en el que vivan o de su clase social. Y confío en que habremos aprendido que priorizar únicamente el capital solo trae consecuencias negativas.



