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periodismo ambiental

Periodismo ambiental IV: dificultades actuales

Continuamos con el cuarto capítulo en torno al periodismo ambiental, resumen de la monografía que Sonia Fernández Parratt, profesora en ciencias de la información de la Universidad Carlos III y autora del texto: “Ecoalfabetización para periodistas” (Editorial Fragua, Madrid) realizó hace unos años.

En el capítulo de hoy se habla de las dificultades que tiene el periodista ambiental en el entorno actual de trabajo.

Los periodistas que optan por dedicarse a la información ambiental cuentan ahora con una mejor preparación que hace años, bases de datos antes casi inexistentes o inaccesibles, y cierta conciencia de grupo. No obstante, los pasos que se han dado siguen siendo insuficientes y estos profesionales siguen encontrando impedimentos que dificultan su tarea.

Necesidad de especialización

Junto con las limitaciones de espacio, tiempo y medios, la falta de preparación es la principal causante de que la información transmitida no siempre sea todo lo rigurosa e imparcial que debiera. Siempre y cuando el concentrarse en el medio ambiente no le lleve a desvincularse del resto de la información, nada mejor que la especialización periodística puede ayudar a formar profesionales capacitados para traducir las cuestiones ambientales al lenguaje común. A esto se suma la necesidad de tener conocimientos de campos como biología, química, gestión y auditoria ambiental, o derecho, entre otros, para poder abordar temas aparentemente muy dispares.

Ante esta difícil tarea, es necesario que se fomente la especialización tanto desde la etapa formativa en la universidad como desde los propios medios de comunicación.

Los responsables de los medios buscan la rentabilidad y siguen mostrando reticencias a contratar a profesionales especializados en detrimento de los periodistas todoterreno capaces de cubrir cualquier tipo de información. Al no existir una sección o espacio fijos para el medio ambiente –que no se crean por considerar que no interesan al público y posiblemente por falta de una concienciación de los propios responsables–, no ven necesaria la contratación de especialistas. Se trata de una especie de círculo vicioso del que estoy convencida que podría salirse con un cambio de actitud hacia el periodismo ambiental por parte de las instituciones académicas. Sobre éstas opina la profesora Rocío Zamora (1994): «En España, en comparación con (…) los países anglosajones, sobre todo Estados Unidos, no existe una oferta académica destacada, al menos en lo que respecta a la formación universitaria de grado y de licenciatura. (…) Únicamente queda la posibilidad de abrir vías a la especialización científica a través de las asignaturas optativas y seminarios de libre configuración que compiten (…) con una amplia gama de otros cursos y especialidades».

Las fuentes

Existe un problema añadido a la citada complejidad relacionado con las fuentes utilizadas por los periodistas ambientales. Éstos, y en mayor medida los que no cuentan con la preparación necesaria, recurren con demasiada frecuencia a las instituciones públicas por entender que el representar su uso legítimo del poder las convierte en fuentes de información autorizadas. Y aunque existe la creencia generalizada de que los expertos e investigadores pueden aportar conocimientos objetivos y juicios independientes, la comunidad científica todavía juega un papel secundario como fuente de información (Centre d’Estudis d’Informació Ambiental, 1999).

Las organizaciones ecologistas también persiguen la cobertura informativa de sus actividades, pero estos colectivos tienden a verse como agrupaciones de activistas contrarios al poder establecido. Con frecuencia se considera más relevante desde el punto de vista informativo la forma que adquieren sus protestas que el propio contenido de éstas, que acaba por trivializarse o simplificarse en exceso. Las ONG, por su parte, ocupan un lugar secundario como fuentes de información ambiental con respecto a las oficiales o las científicas.

Dependencia del medio para el que trabajan

Otra de las principales dificultades a las que se enfrentan estos profesionales es su dependencia con respecto a los medios para los que trabajan, que a menudo se muestran reacios a otorgar a la temática ambiental la atención que merece. Los más optimistas polemizan sobre si es más adecuado crear una sección específica sobre información ambiental o si por el contrario se debería tratar de ecologizar todas las secciones, aunque la realidad es que el medio ambiente todavía se incluye mayoritariamente en áreas como la de Sociedad.

De cualquier modo, aun en el caso de aquellos medios que hacen un hueco a la información ambiental, no debe olvidarse que a veces sus alianzas basadas en intereses económicos y políticos disminuyen su supuesta neutralidad a la hora de cubrir este tipo de acontecimientos. Sirva como ejemplo la prestigiosa revista Time, que en los últimos años apenas ha publicado números especiales sobre medio ambiente, uno de los cuales salió a la luz en agosto de 2002, justo antes de la Cumbre de Johannesburgo. Este especial se hizo en parte porque numerosos anunciantes tenían interés en que se les asociase con un mensaje de sensibilización con el entorno mientras durase dicha Cumbre.

Los receptores

Los medios no son los únicos culpables de que el medio ambiente no goce de más protagonismo. Debido a que se enfrentan a un influjo enorme e incesante de información, los ciudadanos se ven obligados a seleccionar e interpretar las partes de las noticias que tienen algún significado relevante para sus intereses y valores personales. Los receptores parecen prestar cada vez más atención a cuestiones de sociedad, entretenimiento o deportes en detrimento de otros como el medio ambiente, que los españoles sitúan en décimo lugar de un total de catorce temáticas ordenadas según el grado de interés informativo que despiertan (TNSdemoscopia, 2004).

El periodista ambiental español Javier Rico (2001) señala con gran acierto dos características que impiden que la información ambiental cale hondo en los receptores. Por un lado, el carácter de información dura, negativa, y hasta sucia, sobre todo en la parte marcadamente ambiental –contaminación, residuos, sequía, energía nuclear–, que se ve compensada a veces por el área de naturaleza –flora, fauna, paisajes–. Por otra parte, como ya se señaló antes, el hecho de que este tipo de información juega con el medio o largo plazo en cuanto a los efectos las grandes problemáticas, como son la disminución de la capa de ozono o del cambio climático, que en consecuencia no interesan demasiado porque no se conciben como algo próximo.

Dra. Sonia Fernández Parratt

Profesora de la Universidad Carlos III de Madrid

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